Pío lX - El silabario de
errores y la cruzada antiliberal.
Recopilación
de: Raúl Cadena Cepeda.
La elección del reinado
temporal y espiritual de Pío lX, en 1846, es
buena nueva para los católicos liberales. Pues inicia su pontificado con:
- Amnistía a los
prisioneros políticos, de los estado pontificios. (Recordemos que el Papa tenía
poder civil sobre éstos.)
- Comparte su gobierno
temporal, con los laicos.
- Promulga una
constitución, para los estados papales.
- Se forma un gobierno
bicamaral, con sufragio indirecto.
- Creación de habeas Corpus
( ley de amparo).
- Abolición de la censura
de prensa.
PERO:
- El parlamento de los
estados Vaticanos, inicia su gestión torpemente: Declara la guerra a Austria.
Pío lX impone su veto. El descontento surge en toda Roma.
- Atentado mortal contra el
primer Ministro de los estados Pontificios. Se inicia la revolución.
- El pueblo rodea el
palacio, y hacen virtual prisionero al Papa.
- El Papa escapa en ropas
de Sacerdote ordinario. Se esconde en un hotel de 2º clase, en Gaeta, al sur de
Italia.
- El líder del movimiento
libertario Giuseppe Garibaldi, entra a Roma, e instala un régimen democrático.
- Las tropas francesas
reinstalan en el trono a Pío lX, en abril 12 de 1850.
- Los acontecimientos
transforman al Papa liberal, en un acérrimo reaccionario.
- Los liberales católicos se vuelven extremistas. El primer Ministro de los estados del norte de Italia Camillo Cavour, disuelve las ordenes religiosas, elimina la educación religiosa, e inicia la guerra contra el Papa.
- La guardia suiza defiende
valientemente a Pío lX. Pero son derrotados en Castelgandolfo en 1860. Cavour
ofrece al Papa todas las prerrogativas que éste tenía anteriormente, salvo el
gobierno territorial de los estados pontificios.
- El Papa opta por la
intransigencia, y promulga la bula: "
Syllabus Erroris " Un listado de 80 errores que
el Papa veía en el liberalismo. Condenando la libertad, el progreso y la
civilización moderna.
Cabe mencionar que este
documento consistía en extractos de documentos anteriores que fueron armados
sin orden, y carentes de metodología. Por lo que se prestó a graves
malinterpretaciones.
Desafortunadamente, nada
podía salvar ya a el Papado, de este penoso incidente.
Por otro lado, el Papa si
repudia al liberalismo.
- El Papa convoca al: concilio vaticano primero, en 1867, para ratificar el silabario de errores.
" El Papa y el concilio": Un estudio erudito, sobre la usurpación del poder en la Iglesia.
- Los Obispos alemanes se
declaran contra la infalibilidad papal. ( Tesis Gallicana ).
- Setecientos Obispos, concurren a un debate conciliar. El 20 % liberales y el resto conservadores.
- Los conservadores (
Ultramontanos ) , incluyen en la agenda el tema de:
La
infalibilidad papal,
el cual es votado y aprobado por la mayoría, con la inclusión de que: " Una vez dada una definición papal,
ésta es irreformable
Duro
golpe contra la razón.
Cero y van dos.
A continuación la encíclica que resume los errores
mencionados por Pío lX.
Y
la liga a: SYLLABUS
ERRORIS. Documento completo.
«QUANTA CURA» SOBRE LOS PRINCIPALES ERRORES DE LA EPOCA
Carta encíclica del Papa
Pío IX, promulgada el 8 de diciembre de 1864.
Con cuánto cuidado y pastoral vigilancia
cumplieron en todo tiempo los Romanos Pontífices, Nuestros Predecesores, la
misión a ellos confiada por el mismo Cristo Nuestro Señor, en la persona de San
Pedro, Príncipe de los Apóstoles -con el encargo de apacentar las ovejas y
corderos, ya nutriendo a toda la grey del
Señor con las enseñanzas de la fe, ya
imbuyéndola con sanas doctrinas y apartándola de los pastos envenenados-, de
todos, pero muy especialmente de vosotros, Venerables Hermanos, es
perfectamente conocido y sabido. Porque, en verdad, Nuestros Predecesores,
defensores y vinicadores de la sacrosanta religión católica, de la verdad y de
la justicia, llenos de solicitud por el bien de las almas en modo
extraordinario, nada cuidaron tanto como descubrir y condenar con sus Cartas
y Constituciones, llenas de sabiduría, todas las herejías y errores que,
contrarios a nuestra fe divina, a la doctrina de la Iglesia católica, a la
honestidad de las costumbres y a la eterna salvación de los hombres, levantaron
con frecuencia graves tormentas, y trajeron lamentables ruinas así sobre la
Iglesia como sobre la misma sociedad civil. Por eso Nuestros Predecesores, con
apostólica fortaleza resistieron sin cesar a las inicuas maquinaciones de los
malvados que, lanzando como las olas del fiero mar la espuma de sus
conclusiones, y prometiendo libertad, cuando en realidad eran esclavos del mal,
trataron con sus engañosas opiniones y con sus escritos perniciosos, de
destruir los fundamentos del orden religioso y del orden social, de quitar
de en medio toda virtud y justicia, de pervertir todas las almas, de separar a
los incautos -y, sobre todo, a la inexperta juventud- de la recta norma de las
sanas costumbres, corrompiéndola miserablemente, para enredarla en los lazos
del error y, por último, arrancarla del seno de la Iglesia católica.
2. Por ello, como bien lo sabéis, Venerables
Hermanos, apenas Nos, por un secreto designio de la Divina Providencia, pero
sin mérito alguno Nuestro, fuimos elevados a esta Cátedra de Pedro; al ver, con
profundo dolor de Nuestro corazón, la horrorosa tormenta levantada por tantas opiniones
perversas, así como al examinar los daños tan graves como dignos de lamentar
con que tales errores afligían al pueblo cristiano; por deber de Nuestro
apostólico ministerio, y siguiendo las huellas ilustres de Nuestros
Predecesores, levantamos Nuestra voz, y por medio de varias Cartas encíclicas
divulgadas por la imprenta y con las Alocuciones tenidas en el Consistorio, así
como por otros Documentos apostólicos, condenamos los errores principales de
nuestra época tan desgraciada, excitamos vuestra eximia vigilancia episcopal, y
con todo Nuestro poder avisamos y exhortamos a Nuestros carísimos hijos para
que abominasen tan horrendas doctrinas y no se contagiaran de ellas. Y
especialmente en Nuestra primera Encíclica, del 9 de noviembre de 1846 a vosotros
dirigida, y en las dos Alocuciones consistoriales, del 9 de diciembre de 1854 y
del 9 de junio de 1862, condenamos las monstruosas opiniones que, con gran
daño de las almas y detrimento de la misma sociedad civil, dominan
señaladamente a nuestra época;
errores que no sólo tratan de arruinar la
Iglesia católica, con su saludable doctrina y sus derechos sacrosantos, sino
también la misma eterna ley natural grabada por Dios en todos los corazones y
aun la recta razón. Errores son éstos, de los cuales se derivan casi todos
los demás.
3. Pero, aunque no hemos dejado Nos de
proscribir y condenar estos tan importantes errores, sin embargo, la
causa de la Iglesia católica y la salvación de las almas de Dios Nos ha
confiado, y aun el mismo bien común exigen imperiosos que de nuevo excitemos
vuestra pastoral solicitud para combatir otras depravadas opiniones que
también se derivan de aquellos errores como de su fuente. Opiniones falsas y
perversas, que tanto más se han de detestar cuanto que tienden a impedir y aun
suprimir el poder saludable que hasta el final de los siglos debe ejercer
libremente la Iglesia católica por institución y mandato de su divino Fundador,
así sobre los hombres en particular como sobre las naciones, pueblos y
gobernantes supremos; errores que tratan, igualmente, de destruir la unión y
la mutua concordia entre el Sacerdocio y el Imperio, que siempre fue tan
provechosa así a la Iglesia como al mismo Estado[1].
Sabéis muy bien, Venerables Hermanos, que en
nuestro tiempo hay no pocos que, aplicando a la sociedad civil el impío y
absurdo principio llamado del naturalismo, se atreven a enseñar "que la
perfección de los gobiernos y el progreso civil exigen imperiosamente que la
sociedad humana se constituya y se gobierne sin preocuparse para nada de la
religión, como si esta no existiera, o, por lo menos, sin hacer
distinción alguna entre la verdadera religión y las falsas". Y, contra
la doctrina de la Sagrada Escritura, de la Iglesia y de los Santos Padres, no
dudan en afirmar que "la mejor forma de gobierno es aquella en la que no
se reconozca al poder civil la obligación de castigar, mediante
determinadas penas, a los violadores de la
religión católica, sino en cuanto la paz pública lo exija". Y con esta
idea de la gobernación social, absolutamente falsa, no dudan en consagrar
aquella opinión errónea, en extremo perniciosa a la Iglesia católica y a la
salud de las almas, llamada por Gregorio XVI, Nuestro Predecesor, de f. m.,
locura[2], esto es, que "la libertad de conciencias y de cultos es un
derecho propio de cada hombre, que todo Estado bien constituido debe proclamar
y garantizar como ley fundamental, y que los ciudadanos tienen derecho a la
plena libertad de manifestar sus ideas con la máxima publicidad -ya de palabra,
ya por escrito, ya en otro modo cualquiera-, sin que autoridad civil ni
eclesiástica alguna puedan reprimirla en ninguna forma". Al sostener
afirmación tan temeraria no piensan ni consideran que con ello predican la
libertad de perdición[3], y que, si se da plena libertad para la disputa de los
hombres, nunca faltará quien se atreva a resistir a la Verdad, confiado en la
locuacidad de la sabiduría humana pero Nuestro Señor Jesucristo mismo enseña
cómo la fe y la prudencia cristiana han de evitar esta vanidad tan dañosa[4].
4. Y como, cuando en la sociedad civil es
desterrada la religión y aún repudiada la doctrina y autoridad de la misma
revelación, también se oscurece y aun se pierde la verdadera idea de la
justicia y del derecho, en cuyo lugar triunfan la fuerza y la violencia,
claramente se ve por qué ciertos hombres, despreciando en absoluto y dejando a
un lado los principios más firmes de la sana razón, se atreven a proclamar que
"la voluntad del pueblo manifestada por la llamada opinión pública o de
otro modo, constituye una suprema ley, libre de todo derecho divino o humano; y
que en el orden político los hechos consumados, por lo mismo que son
consumados, tienen ya valor de derecho". Pero ¿quién no ve y no siente
claramente que una sociedad, sustraída a las leyes de la religión y de la
verdadera justicia, no puede tener otro ideal que acumular riquezas, ni seguir
más ley, en todos sus actos, que un insaciable deseo de satisfacer la indómita
concupiscencia del espíritu sirviendo tan solo a sus propios placeres e
intereses? Por ello, esos hombres, con odio verdaderamente cruel, persiguen a
las Ordenes religiosas, tan beneméritas de la sociedad cristiana, civil y aun
literaria, y gritan blasfemos que aquellas no tienen razón alguna de existir,
haciéndose así eco de los errores de los herejes.
Como sabiamente lo enseñó Nuestro
Predecesor, de v. m., Pío VI, "la abolición de las Ordenes religiosas
hiere al estado de la profesión pública de seguir los consejos evangélicos;
hiere a una manera de vivir recomendada por la Iglesia como conforme a la
doctrina apostólica; finalmente, ofende aun a los preclaros fundadores, que las
establecieron inspirados por Dios"[5]. Llevan su impiedad a proclamar que
se debe quitar a la Iglesia y a los fieles la facultad de "hacer limosna
en público, por motivos de cristiana caridad", y que debe "abolirse
la ley prohibitiva, en determinados días, de las obras serviles, para dar culto
a Dios": con suma falacia pretenden que aquella facultad y esta ley
"se hayan en oposición a los postulados de una verdadera economía
política". Y, no contentos con que la religión sea alejada de la sociedad,
quieren también arrancarla de la misma vida familiar.
5. Apoyándose en el funestísimo error del
comunismo y socialismo, aseguran que "la sociedad doméstica debe toda
su razón de ser sólo al derecho civil y que, por lo tanto, sólo de la ley civil
se derivan y dependen todos los derechos de los padres sobre los hijos y, sobre
todo, del derecho de la instrucción y de la educación". Con esas máximas
tan impías como sus tentativas, no intentan esos hombres tan falaces sino
sustraer, por completo, a la saludable doctrina e influencia de la Iglesia la
instrucción y educación de la juventud, para así inficionar y depravar
míseramente las tiernas e inconstantes almas de los jóvenes con los errores más
perniciosos y con toda clase de vicios. En efecto; todos cuantos maquinaban
perturbar la Iglesia o el Estado, destruir el recto orden de la sociedad, y así
suprimir todos los derechos divinos y humanos, siempre hicieron converger todos
sus criminales proyectos, actividad y esfuerzo -como ya más arriba dijimos- a
engañar y pervertir la inexperta juventud, colocando todas sus esperanzas en la
corrupción de la misma. Esta es la razón por qué el clero -el secular y el regular-,
a pesar de los encendidos elogios que uno y otro han merecido en todos los
tiempos, como lo atestiguan los más antiguos documentos históricos, así en el
orden religioso como en el civil y literario, es objeto de sus más nefandas
persecuciones; y andan diciendo que ese Clero "por ser enemigo de la
verdad, de la ciencia y del progreso debe ser apartado de toda ingerencia en la
instrucción de la juventud".
6. Otros, en cambio, renovando los errores,
tantas veces condenados, de los protestantes, se atreven a decir, con
desvergüenza suma, que la suprema autoridad de la Iglesia y de esta Apostólica
Sede, que le otorgó Nuestro Señor Jesucristo, depende en absoluto de la
autoridad civil; niegan a la misma Sede Apostólica y a la Iglesia todos los
derechos que tienen en las cosas que se refieren al orden exterior. Ni se
avergüenzan al afirmar que "las leyes de la Iglesia no obligan en
conciencia, sino se promulgan por la autoridad civil; que los documentos y los
decretos Romanos Pontífices, aun los tocantes de la Iglesia, necesitan de la
sanción y aprobación -o por lo menos del asentimiento- del poder civil; que las
Constituciones apostólicas[6] -por los que se condenan las sociedades
clandestinas o aquellas en las que se exige el juramento de mantener el secreto,
y en las cuales se excomulgan sus adeptos y fautores- no tienen fuerza alguna
en aquellos países donde viven toleradas por la autoridad civil; que la
excomunión lanzada por el Concilio de Trento y por los Romanos Pontífices
contra los invasores y usurpadores de los derechos y bienes de la Iglesia, se
apoya en una confusión del orden espiritual con el civil y político, y que no
tiene otra finalidad que promover intereses mundanos; que la Iglesia nada
debe mandar que obligue a las conciencias de los fieles, en orden al uso de las
cosas temporales; que la Iglesia no tiene derecho a
castigar con penas temporales, a los que violan sus leyes; que es conforme a la Sagrada Teología y a los
principios del Derecho público que la propiedad de los bienes poseídos por las
Iglesias, Ordenes religiosas y otros lugares piadosos, ha de atribuirse y
vindicarse para la autoridad civil". No se avergüenzan de confesar abierta
y públicamente el herético principio, del que nacen tan perversos errores y
opiniones, esto es, "que la potestad de la Iglesia no es por derecho
divino distinta e independientemente del poder civil, y que tal distinción e
independencia no se pueden guardar sin que sean invadidos y usurpados por la
Iglesia los derechos esenciales del poder civil". Ni podemos pasar en
silencio la audacia de quienes, no pudiendo tolerar los principios de la sana
doctrina, pretenden "que a las sentencias y decretos de la Sede
Apostólica, que tienen por objeto el bien general de la Iglesia, y sus derechos
y su disciplina, mientras no toquen a los dogmas de la fe y de las costumbres,
se les puede negar asentimiento y obediencia, sin pecado y sin ningún quebranto
de la profesión de católico". Esta pretensión es tan contraria al dogma
católico de la plena potestad divinamente dada por el mismo Cristo Nuestro
Señor, al Romano Pontífice para apacentar, regir y gobernar la Iglesia, que
no hay quien no lo vea y entienda clara y abiertamente.
7. En medio de esta tan grande perversidad
de opiniones depravadas, Nos, con plena conciencia de Nuestra misión
apostólica, y con gran solicitud por la religión, por la sana doctrina y por la
salud de las almas a Nos divinamente confiadas, así como aun por el mismo bien
de la humana sociedad, hemos juzgado necesario levantar de nuevo Nuestra voz
apostólica. Por lo tanto, todas y cada una de las perversas opiniones y
doctrinas determinadamente especificadas en esta Carta, con Nuestra autoridad
apostólica las reprobamos, proscribimos y condenamos; y queremos y mandamos que
todas ellas sean tenidas por los hijos de la Iglesia como reprobadas,
proscritas y condenadas.
8. Aparte de esto, bien sabéis, Venerables
Hermanos, como hoy esos enemigos de toda verdad y de toda justicia, adversarios
encarnizados de nuestra santísima Religión, por medio de venenosos libros,
libelos y periódicos, esparcidos por todo el mundo, engañan a los pueblos,
mienten maliciosos y propagan otras doctrinas impías, de las más
variadas.
9. No ignoráis que también se encuentran en
nuestros tiempos quienes, movidos por el espíritu de Satanás e incitados por
él, llegan a tal impiedad que no temen atacar al mismo Rey Señor Nuestro
Jesucristo, negando su divinidad con criminal procacidad. Y ahora no
podemos menos de alabaros, Venerables Hermanos, con las mejores y más merecidas
palabras, pues con apostólico celo nunca habéis dejado de elevar nuestra voz
episcopal contra impiedad tan grande.
10. Así, pues, con esta Nuestra carta de
nuevo os hablamos a vosotros que, llamados a participar de Nuestra solicitud
pastoral, Nos servís -en medio de Nuestros grandes dolores- de consuelo,
alegría y ánimo, por la excelsa religiosidad y piedad que os distinguen, así
como por el admirable amor, fidelidad y devoción con que, en unión íntima y
cordial con Nos y esta Sede Apostólica, os consagráis a llevar la pesada carga
de vuestro gravísimo ministerio episcopal.
En verdad que de vuestro excelente celo
pastoral esperamos que, empuñando la espada del espíritu -la palabra de Dios- y
confortados con la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, redobléis vuestros
esfuerzos y cada día trabajéis más aún para que todos los fieles confiados a
vuestro cuidado se abstengan de las malas hierbas, que Jesucristo no cultiva
porque no son plantación del Padre[7]. Y no dejéis de inculcar siempre a los
mismos fieles que toda la verdadera felicidad humana proviene de nuestra
augusta religión y de su doctrina y ejercicio; que es feliz aquel pueblo, cuyo
Señor es su Dios[8]. Enseñad que los reinos subsisten[9] apoyados en el
fundamento de la fe católica, y que nada hay tan mortífero y tan cercano al
precipicio, tan expuesto a todos los peligros, como pensar que, al bastarnos el
libre albedrío recibido al nacer, por ello ya nada más hemos de pedir a Dios:
esto es, olvidarnos de nuestro Creador y abjurar su poderío, para así mostrarnos
plenamente libres[10]. Tampoco omitáis el enseñar que la potestad real no se
dio solamente para gobierno del mundo, sino también y sobre todo para la
defensa de la Iglesia[11]; y que nada hay que pueda dar mayor provecho y gloria
a los reyes y príncipes como dejar que la Iglesia católica ponga en práctica
sus propias leyes y no permitir que nadie se oponga a su libertad, según
enseñaba otro sapientísimo y fortísimo Predecesor Nuestro, San Félix cuando
inculcaba al emperador Zenón... Pues cierto es que le será de gran provecho el
que, cuando se trata de la causa de Dios conforme a su santa Ley, se afanen los
reyes no por anteponer, sino por posponer su regia voluntad a los Sacerdotes de
Jesucristo[12].
11. Pero si siempre fue necesario, Venerables
Hermanos, ahora de modo especial, en medio de tan grandes calamidades para la
Iglesia y para la sociedad civil, en medio de tan grande conspiración de
enemigos contra el catolicismo y esta Sede Apostólica, entre cúmulo tan grande
de errores, es absolutamente indispensable que recurramos confiados al Trono de
la gracia para conseguir misericordia y encontrar la gracia con el oportuno
auxilio.
Por lo cual queremos excitar la devoción de
todos los fieles, para que, junto con Nos y con Vosotros, en el fervor y
humildad de las oraciones, rueguen y supliquen incesantemente al clementísimo
Padre de las luces y de la misericordia; y con plena fe recurran siempre a
Nuestro Señor Jesucristo, que para Dios nos redimió con su Sangre; y con fervor
pidan continuamente a su Corazón dulcísimo, víctima de su ardiente caridad
hacia nosotros, para que con los lazos de su amor todo lo atraiga hacia sí, de
suerte que inflamados todos los hombres en su amor santísimo caminen rectamente
según su Corazón, agradando a Dios en todo y fructificando en toda buena obra.
Y siendo, indudablemente, más gratas a Dios las oraciones de los hombres,
cuando éstos recurren a El con alma limpia de toda impureza, hemos determinado
abrir con Apostólica liberalidad a los fieles cristianos los celestiales
tesoros de la Iglesia confiados a Nuestra dispensación, a fin de que los mismos
fieles, más fervientemente encendidos en la verdadera piedad y purificados por
el sacramento de la Penitencia de las manchas de sus pecados, con mayor
confianza dirijan a Dios sus oraciones y consigan su gracia y su misericordia.
12. Por medio, pues, de estas Letras, con
Nuestra Autoridad Apostólica, a todos y a cada uno de los fieles del mundo
católico, de uno y otro sexo, concedemos la Indulgencia Plenaria en forma de Jubileo,
tan sólo por espacio de un mes, hasta terminar el próximo año de 1865, y no
más, en la forma que determinéis vosotros Venerables Hermanos, y los demás
legítimos Ordinarios, según el modo y manera con que al comienzo de Nuestro
Pontificado lo concedimos por Nuestras Letras apostólicas en forma de Breve,
dadas el día 20 de noviembre del año 1846, enviadas a todos los Obispos, Arcano
Divinae Providentiae consilio, y con todas las facultades que Nos por medio de
aquellas Letras concedíamos. Y queremos que se guarden todas las prescripciones
de dichas Letras, y se exceptúe lo que declaramos exceptuado. Lo cual
concedemos, no obstante cualesquier cosas en contrario, aun las dignas de
especial e individual mención y derogación. Y a fin de que desaparezca toda
duda y dificultad, hemos ordenado que se os manden sendas copias de dichas
letras. Roguemos -Venerables Hermanos- del fondo de nuestro corazón y con toda
el alma a la misericordia de Dios, porque El mismo dijo: "No apartaré de
ellos mi misericordia". Pidamos, y recibiremos; y si demora y tardanza
hubiere en el recibir, porque hemos pecado gravemente, llamemos, porque la
puerta le será abierta al que llamare, con tal que a la puerta se llame con
oraciones, con gemidos y con lágrimas, insistiendo nosotros y perseverando; y
que sea unánime nuestra oración. Cada uno ruegue a Dios no sólo por sí, sino
por todos los hermanos, como el Señor nos enseñó a orar[13]. Y para que el
Señor acceda más fácilmente a Nuestras oraciones y a las Vuestras y a las de
todos los fieles, pongamos por intercesora junto a El, con toda confianza, a la
Inmaculada y Santísima Virgen María, Madre de Dios, que aniquiló todas las
herejías en el universo mundo, y que, Madre amantísima de todos nosotros, es
toda dulce... y llena de misericordia..., a todos se ofrece propicia y a todos
clementísima; y con singular amor amplísimo tiene compasión de las necesidades
de todos[14], y como Reina que está a la diestra de su Unigénito Hijo nuestro
Señor Jesucristo, con manto de oro y adornada con todas las gracias, nada hay
que Ella no pueda obtener de El. Pidamos también el auxilio del beatísimo
Pedro, Príncipe de los Apóstoles y de su coapóstol Pablo y de todos los Santos
que, amigos de Dios, llegaron ya al reino celestial y coronados poseen la palma,
y que, seguros de su inmortalidad, están solícitos por nuestra
salvación.Finalmente, pidiendo a Dios de todo corazón para Vosotros la
abundancia de sus gracias celestiales, como prenda de Nuestra singular
benevolencia, con todo amor os damos de lo íntimo de Nuestro corazón Nuestra
Apostólica Bendición, a vosotros mismos, Venerables Hermanos, y a todos los
clérigos y fieles confiados a vuestros cuidados.Dado en Roma, junto a San
Pedro, el 8 de diciembre 1864, año décimo después de la definición dogmática de
la Inmaculada Concepción de la Virgen Madre de Dios, año décimonono de Nuestro
Pontificado.
Su Santidad: PIO lX
La versión electrónica de esta encíclica ha sido realizada por VE Multimedios.